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Foto: Eloísa Villalobos

El festival somos nosotros

Así vivió Ashauri López el Festival Corona Capital 2012 (MX) junto con la fotógrafa emergente Eloísa Villalobos. He aquí el recuento.

Estábamos al filo de la extinción, todo lo que nos rodeaba nos transformó en máquinas dispensadoras de sufrimiento, esperando que algún día se terminaran los clientes. Teníamos una profunda necesidad de sólo mirar amaneceres, alejados de la pirámide corporativa moderna. Así fue como llegamos arrastrándonos a un festival que más que festival parecía masacre: cientos de almas apiladas tratando de entrar a un corral para gente infectada con las maravillas de los laboratorios clandestinos en México. La ciudad de México era la meca de las drogas, y uno podía cómodamente comprar su alternativa a darse un balazo.

La muerte siempre te extiende los brazos.

Caminamos como reses hacia la puerta de entrada, los testículos llenos de diversión y gafas oscuras para ocultar que llevábamos años en la fiesta hambrienta de jóvenes. La fiesta es un monstruo que siempre tiene hambre. Nos hicimos hombres de fiesta, hombres de horarios, de meses sin intereses, de un sinfín de comodidades que nos mantuvieron sedados y enfocados en llegar a la siguiente semana con un billete en la bolsa. El chiste enfermo que nuestros padres llamarón futuro.

El futuro besa suave pero te coge duro.

El futuro no era prometedor, pero había luces bonitas, y gente que luchaba para ser bonita en lo ángulos idiotas de sus fotografías. Así se se desenvolvían los jóvenes de la era moderna, arrullados por logos y marcas, hambrientos de un miserable trozo de experiencia para validar su existencia. Las leyendas modernas tenían nombre de cerveza, de calzado, de tabacaleras que encierran a chicas en cabinas para regalar cajetillas rojas.

La muerte es el perfume de las chicas hermosas.

Empezamos a fumar la muerte mientras tocaba una banda sudafricana, bailamos como si estuviéramos desnudos en la cama. Reímos tirados en el pasto, todo era tan preciso, tan hecho a la medida de nuestros futuros relatos. Llegó un punto donde lo bello de ese festival fue lo que no estaba firmado, ni acordado por hombres rectos sin ganas de perder un solo peso. Hombres como esos nos llenaron de veneno. Nos llenaron y luego nos rompieron por dentro.

El veneno se llama no tener tiempo.

El cielo se puso del color de nuestro sueños, completamente acorralados por el comercio moderno. Era una cárcel, pero había luces bonitas y bandas bonitas y la ligera sensación de estar haciendo algo nuevo, cuando lo único nuevo es ver a una chica a los ojos, decirle que te quieres morir en ella. Jugar el juego del amor milenario: repetirse y ser hermoso, innovar bebiéndote 20 cervezas y comportarte como animal que busca el baño, el escenario, el grupo de amigos bailando al ritmo de todo lo que ya ha sido escuchado y empaquetado y enviado a esta nación que trabaja para comprar un boleto de novecientos pesos. Una realidad triste, pero con luces bonitas. Un permiso de dos días para sentirte el ombligo del mundo, luego regresar a las corbatas y a las horas medidas.

Nos arrullamos en una humanidad que ya está perdida.

Llegamos tarde y nos gustaba haber llegado tarde: cobrar un sueldo, vender las ideas que no pudimos hacer solos, derrotarnos y dejar que el dinero nos arrullara, hasta sentir que habíamos logrado lo que soñamos, que valió de algo todo el tiempo asesinado. Nos subimos al taxi derrotados, con ganas de regresar a casa y olvidar todo. Sabiendo que habíamos vivido un engaño, que una buena fiesta no tiene nombre, ni número, ni patrocinador, mucho menos precio. Está hecha de manos que se alzan, de cielos, de sentir que aún en aquel asqueroso fin del mundo, nada podía ser posible sin nuestros ojos.

El verdadero festival somos nosotros.

HEY-CHICA-adios

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