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Las peluquerías son una especie moribunda

El hijo pródigo de New Weird Latin America reflexiona sobre la masculinidad y sobre “el significado de la vida” mientras visita una de las últimas viejas peluquerías de la Ciudad de México.

No puedo recordar cual fue la última vez que pisé una peluquería.

Debe haber sido hace más de 20 años, junto con mi papá. Seguramente una de las viejas peluquerías del centro de Mexicali, donde los maestros y su clientela han envejecido a la par sin invitar a las nuevas generaciones a ser parte de tan importante ritual masculino.

Estoy sentado en la silla multifuncional junto al maestro peluquero Rubén, un hombre mayor, de expresión dura y rostro mofletudo, quien antes de cortarme el cabello me pregunta mis generales.

— 1.91 de estatura, 29 años de edad, 150 kilogramos de peso, Mexicali, Baja California, respondo, como si se tratara de los datos de un boxeador de peso superpesado antes de la pelea.

Supongo que mentirle a un tipo que pondrá una navaja sobre mi cuello no tiene mucho caso. Es parte del contrato de facto entre el maestro y el cliente.

Veo mi cabello caer de forma rítmica y lo comprendo todo súbitamente.

Si en la canción “Heroin” de The Velvet Undeground Lou Reed cantaba que un arponazo lo hacía sentir como un hombre, ir a una vieja peluquería de las que aún sobreviven en el Distrito Federal y ponerse en las manos de un experto produce también ese resultado.

— Esta silla es multifuncional ¿no? pregunto, mientras veo la bola disco que cuelga del techo (¿puede haber algo más jodidamente genial que una bola disco colgando del techo de una peluquería?).

— Por supuesto, esto no es una estética, mano, responde el maestro, mientras me retira, a navaja limpia, la horrenda barba de leñador con la que he cargado estos últimos años.

Veo una fotografía de tres tipos bien parecidos que cuelga en un lugar preponderante de la peluquería y pregunto por los tres tipos, bien parecidos, que aparecen en la foto tomada a finales de los setenta o inicios de los ochenta.

— Uno es mi hermano mayor, que acaba de fallecer hace cuatro años, dice el maestro Rubén, el fundó esta peluquería junto con mi papá. El otro es mi hermano mayor, quien falleció hace 17 años en un accidente de tráfico.

Sin embargo, a pesar de los años, del duelo y de la distancia, las sillas vacías de los otros fundadores de la peluquería aún se encuentran en el local, perfectamente bien conservadas, testificando la existencia de tiempos pasados y mejores.

— ¿Con alcohol o sin alcohol?, pregunta el maestro tras terminar de rasurarme.

— Con alcohol, le digo, preguntando después si hay clientes que prefieren únicamente una toalla caliente después de una buena afeitada.

— Algunos se quejan de que les arde la cara, pero es no es cierto joven, me dice Rubén. Y lo corroboro.

— Si el alcohol es bueno para tomarse, es bueno para usarlo en la cara, respondo.

El artista me acerca un espejo, finalmente. Está orgulloso de su creación y, debo confesarlo, yo también.

— No es por nada joven, pero en una estética no le hacen un trabajo así… ya casi no hay peluqueros como antes.
— ¿Ya no, maestro?
— No, ahora todos son estilistas de esos que se les cae la mano, con todo el respeto que me merecen, joven.

Le doy las gracias al maestro y me alejo de la peluquería, una de las últimas de su especie. Me siento como un escolar en plena decadencia del imperio romano. Me siento poderoso.

Pero más que nada, me siento como Nuevo. Me siento, modestia aparte, un tipo guapo por unos momentos.

Me siento sexy como Donald Draper. Soy un hombre nuevo.

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Abrir la puerta. Cerrarla. Dejar que el sonido salga y envuelva oídos; o, en su defecto, permitir que se encierre en nuestras entrañas.

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